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Eixample

La Barcelona moderna nació con el Eixample, un distrito que se extiende desde la Plaça d'Espanya hasta pràcticamente el río Besòs y que sirvió para conectar, mediante un entramado urbano continuo, la ciudad antigua (el actual distrito de Ciutat Vella) con el resto de poblaciones del llano (Gràcia, Sants, Sant Martí de Provençals, Sant Andreu, Sarrià, etc.), que más tarde se convertirían en barrios de Barcelona.

El Eixample es el fruto de uno de los momentos más esplendorosos de la historia de la ciudad, cuando se consolida como el motor económico de Cataluña y de España a mediados del siglo XIX. Este crecimiento económico se vio reflejado en un crecimiento urbanístico cuando el gobierno de Madrid levantó la prohibición que pesaba sobre la ciudad desde 1714 de no construir fuera de las murallas medievales tras la victoria en la Guerra de Sucesión de la opción borbónica (Barcelona había apoyado la opción de la casa de Habsburgo).

El proyecto del Eixample fue ideado por el ingeniero y urbanista Ildefons Cerdà, que diseñó una ciudad igualitaria, donde los barrios no se diferenciaban unos de otros y los servicios públicos se repartían uniformemente. Su retícula ortogonal con esquinas achaflanadas es hoy una imagen identificativa de Barcelona y objeto de estudio en todo el mundo como ejemplo del nacimiento del urbanismo racional moderno. El plan fue aprobado en 1860, pero su implantación sobre el terreno no llegó hasta unas décadas más tarde, coincidiendo con la mejor expresión creativa del estilo arquitectónico modernista, que impregna todo el distrito y lo convierten en un conjunto sin comparación en Europa.

En esa época, bajo el reinado del Templo de la Sagrada Familia, la pujante burguesía barcelonesa competía en refinamiento estético y contrataba los servicios de los mejores arquitectos, Gaudí, Domènech i Montaner o Puig i Cadafalch, entre otros, para la construcción de sus viviendas en edificios modernistas -La Pedrera, Casa Batlló, Casa Lleó Morera, Casa Amatller...-, de interiores y fachadas profusamente decoradas con los materiales más diversos: madera, piedra, cerámica, vidrio emplomado o hierro forjado.

Un paseo atento por el distrito es una invitación a contemplar el legado de la mejor arquitectura catalana de finales del siglo XIX y principios del XX. Todo ello por calles tan emblemáticas como el Passeig de Gràcia o la Rambla de Catalunya, que alojan las mejores tiendas de moda local e internacional, numerosos establecimientos de restauración de alta gastronomía catalana e infinidad de cafeterías y bares, que han convertido el distrito en la zona de shopping preferida de muchos barceloneses y de la mayoría de visitantes de la ciudad.

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